Historias · Tecnología
Pasaba más de 8 horas al día en el móvil. Cada septiembre se prometía cambiarlo y no le duraba ni una semana. Acabó montando la empresa que lo solucionó.
Mauro Flecha, valenciano de 22 años, se hartó de que el móvil le comiera la vida. Probó todas las soluciones que existen y ninguna le duró más de cinco días.
Mauro Flecha usaba el móvil más de ocho horas al día.
Un día se dio cuenta de que el móvil era lo que le estaba impidiendo ser su mejor versión. Lo que no le dejaba avanzar. Los hábitos que quería cambiar no los acababa implementando, y no era por falta de disciplina ni de tiempo: era que a la hora de la verdad siempre era más fácil scrollear.
Todos los septiembres decía lo mismo. Que este año sí, que iba a empezar a leer, que por las noches se quitaba el móvil, que iba a hacer cursos y aprender.
Lo que pasaba es que acabando el día cansado del trabajo y, teniendo el móvil a mano, ponerse con lo que se había propuesto no es tan fácil como parece.
Lo primero que probó fue lo mismo que ha probado todo el mundo
Tiempo de Uso. Tres apps de bloqueo distintas. La pantalla en blanco y negro. Dejar el móvil en otra habitación.
«Todas me duraron entre dos y cinco días», cuenta.
Siempre se lo acababa desbloqueando. El problema era que en un momento de verdadero aburrimiento o tentación siempre tenía el desbloqueo a mano, dentro del móvil.
Desactivaba el modo concentración, borraba la app de bloqueo entera, o se metía en Instagram desde el navegador.
Y después de unos cuantos intentos así pasa siempre lo mismo. Dejas de pensar que fallan las apps y empiezas a pensar que fallas tú. Que no tienes fuerza de voluntad. Que esto te es superior.
Y no.
Hay empresas que valen más que muchos países pagando sueldos a gente cuyo único trabajo es que no cierres la aplicación. El momento exacto en que te salta la notificación. El color del punto rojo. Que el siguiente vídeo cargue antes de que te dé tiempo a pensar si querías verlo.
Contra eso llevas perdiendo desde el primer día. No porque seas flojo.
Por qué las apps normales no sirven para cambiar hábitos.
James Clear, que escribió el libro de hábitos más vendido de los últimos años, lo resume en una línea: «No subes al nivel de tus objetivos. Caes al nivel de tus sistemas.»
En septiembre pasa eso. El propósito está bien puesto. Lo que no cambia es nada de alrededor. Vuelves a la misma casa, al mismo sofá, a la misma mesilla, con el teléfono a treinta centímetros. Y si tienes que usar disciplina todos los días para no usarlo al final acabas cediendo.
La otra mitad del libro es la que no aplica nadie: el entorno es más importante que la motivación, y que un hábito solo aguanta si pones a mano lo que quieres hacer y metes fricción en lo que te distrae.
Cuanto más difícil se lo pongas al mal hábito, menos fuerza de voluntad vas a necesitar.
Por eso Mauro decidió crear una solución para el uso excesivo del móvil, completamente diferente a lo que había en el mercado.
¿Y qué hizo Mauro para solucionar su problema con el móvil?
Se llama Monk y es un objeto físico con un chip dentro.
Lo dejas donde tú decidas: la entrada de casa, la cocina, el coche, el escritorio. Eliges qué apps se bloquean, incluidas webs. Acercas el móvil una vez y se bloquean al instante. Para desbloquear, vuelves al Monk.
Y esto es lo único que cambia respecto a todo lo demás:
Para volver a abrirlas tienes que levantarte e ir hasta donde lo dejaste.
Ya no depende de las ganas que tengas a las once de la noche. Depende de si te levantas del sofá. Y casi nunca te levantas.
Sigue funcionando lo esencial: llamadas, cámara, mapas, música. No te quedas sin teléfono. Te quedas sin lo que tú has decidido que te distrae, y el móvil vuelve a ser una herramienta.
¿Te reconoces aquí?
- Borras Instagram y a los dos días la vuelves a instalar.
- Te despiertas y te tiras 20 minutos con el móvil antes de salir de la cama.
- Eres incapaz de ver una película sin coger el móvil a la media hora.
- Sientes que en cierta medida el problema eres tú, que desinstalas y haces trampas cuando no deberías.
- Lo has intentado con límites de uso, dejando el móvil en otra habitación… y siempre recaes.
- Y este septiembre ya te has dicho que esta vez lo vas a cambiar de verdad.
Esa persona ya existe, todos hemos estado ahí.
Piensa en la última vez que te comprometiste a usar menos el móvil.
O cuando estuviste en un sitio sin cobertura varios días.
Los primeros días bien. Te acuerdas, te pillas a ti mismo cogiéndolo, lo dejas en la mesa. Y esas noches lees un rato, avanzas en eso que tenías pendiente, o te acuestas antes.
O sea, que puedes. Ya lo has hecho. Has sido esa persona tres o cuatro días seguidos, y seguramente más de una vez.
Lo que pasa es que pasan los días y vuelves al modo automático sin enterarte.
El problema no eres tú. Es que a partir del día 4 no hay nada que lo sostenga.
Y combatir este problema solo con disciplina no acaba funcionando.
Cómo se vería tu septiembre si empiezas esta semana
Un cambio dura o no dura según lo que pasa entre el día 3 y el día 21.
Así se ven esas dos semanas cuando optimizas tu entorno para que se te haga fácil mantenerlo.
1 de septiembre. Esa noche, al entrar por la puerta, escaneas el Monk, bloqueas las apps y esa noche ya te duermes sin mirar el móvil antes de dormir. La primera pequeña victoria.
Del 3 al 5. Es el punto exacto en el que se cae todo el mundo, y este año lo vas a notar de otra manera: vas a ir a desmonkearte unas cuantas veces. Es la parte incómoda y es la única que hay. Sirve para algo, porque es la primera vez que ves cuántas veces al día cogías el móvil sin haberlo decidido.
A mitad de mes. Aparece el hueco. Dos o tres horas por la noche que antes no existían y que de repente hay que llenar. Los primeros días es raro. Luego empiezas eso que llevabas meses diciendo, y resulta que solo hacía falta que no hubiera distracciones a mano. Es el punto en el que otros años ya lo habías dejado.
Última semana. Dejas de pensar en el Monk. Ese es el momento en que sabes que ha funcionado: cuando ya no es algo que estás haciendo conscientemente, estar monkeado es la nueva norma.
30 de septiembre. El hábito está y ya no depende de ti. La cuenta la tienes en tu propio tiempo de uso. Y hay una cosa más que no ha medido nadie: es el primer septiembre entero que terminas cumpliendo lo que te dijiste el día uno.
Tienen tanta confianza en su producto que tienes treinta días para probarlo. Si al llegar al día treinta tu tiempo de uso sigue igual, lo devuelves y te devuelven el dinero.
Cuánto se recupera de verdad
Según los datos de la empresa, quien usa Monk baja de media 2,3 horas al día de pantalla.
Aunque tú solo recuperes una, la cuenta sale así.
Esa hora no hay que buscarla en ningún hueco de la agenda. Es la que ya se te va, todos los días, sin que lo decidas, en trozos de once minutos de los que mañana no te acordarás ni de qué viste.
Una hora al día son treinta horas en lo que dura septiembre.
Y 365 al año. Quitando lo que duermes, veintidós días enteros de estar despierto.
Monk cuesta 54,95 €, una vez y sin suscripción. Repartido entre esas 365 horas, sale a 15 céntimos la hora.
El dinero vuelve. Trabajas más y vuelve. Esas horas no.
Y por qué esto y no una app
Esto es lo que ya has probado otros septiembres, y por qué se cayó.
Frente a una app de bloqueo. El botón para saltártelo está en la misma pantalla que el bloqueo. Y si eso no basta, siempre puedes borrar la app entera, que es lo que acaba haciendo casi todo el mundo. Con Monk el modo estricto no te deja borrarla mientras hay una sesión activa.
Frente a Tiempo de Uso. Es un aviso, no una barrera. Debajo hay un «ignorar» que no te pide nada a cambio.
Frente a bloquear solo apps. Hay dos puertas de atrás. El navegador, que te desinstalas Instagram y entras desde Safari igual. Y la de al lado: dejas Instagram y acabas en YouTube. Monk bloquea también webs, y bloqueas el grupo entero, no una app.
Frente a dejarlo en otra habitación. Funciona hasta que te levantas. Y te levantas, porque no hay nada que te lo impida salvo tú.
Qué ha pasado desde entonces
Mauro usa hoy el móvil menos de tres horas al día. Empezó en ocho.
Y aquella idea que solo existía en unas notas del móvil es la empresa que dirige hoy.
No recuperó tiempo. Recuperó lo que iba a hacer con él.
Monk salió a la venta en octubre de 2025 y hoy lo usan cientos de personas, la mayoría llegadas por el boca a boca de otra que ya lo tenía.
Y lo que dice que más le llena no es ninguna de esas cifras:
«En la primera semana bajé dos horas al día. Ya había probado de todo.» — Celia
«He pasado de siete horas a tres o cuatro.» — Lucas
«Por fin trabajo dos horas seguidas sin abrir Instagram.» — Yeray
«Decido yo cuándo cojo el móvil, no al revés.» — Pedro
★★★★★4,8 sobre 5 en +200 reseñas verificadas.
- 30 días de garantía. Si tu tiempo de uso no baja, lo devuelves y te devuelven el dinero.
- Sale de Valencia en 24-48 h.
- App incluida. Compatible con iPhone.
Si lo pides ahora, empiezas esta semana.
Ver la página del productoFotos, medidas, cómo funciona la app y todas las reseñas.
Antes de decidir
«¿Y si me llaman? Tengo familia.»
Las llamadas y los mensajes siguen funcionando siempre. Monk no te deja incomunicado: bloquea lo que tú elijas y nada más. Es la duda número uno de la gente de treinta para arriba y suele ser también la excusa más cómoda.
«Lo necesito para trabajar.»
Entonces no lo bloquees. Tú eliges qué entra y qué no, y puedes tener un modo distinto para las horas de oficina y para las de casa. Y para el día en el que de verdad necesitas entrar y no lo tienes cerca, tienes tres desbloqueos de emergencia.
«¿No es un poco ridículo, a mi edad, necesitar un aparato?»
Enfrente hay miles de millones de euros invertidos en que no sueltes el teléfono. Poner una barrera física fuera del móvil no es infantil. Es lo único que no han contemplado.
«¿Y si me causa efecto rebote y vuelvo con más ganas?»
Pasa con lo que te prohíbe. Monk no prohíbe: pone distancia. Puedes entrar cuando quieras, solo que andando.
«¿Y si me lo salto?»
Puedes, y alguna vez lo vas a hacer. No te quedas sin Instagram: te quedas sin abrirlo sin darte cuenta, que es lo que te está comiendo las noches.
«Se me va a olvidar usarlo.»
Es la duda más repetida y es honesta. A quien mejor le funciona es a quien lo pega en un sitio por el que pasa sí o sí, la entrada, la cafetera o la mesilla. Y si prefieres no depender de acordarte, programas la sesión y salta sola.
«Solo funciona si lo dejo lejos, ¿no?»
Exacto. Si te lo metes en el bolsillo lo has convertido en un llavero. Quien no vaya a dejarlo en un sitio fijo, que no lo compre.
«¿Necesito app?»
Sí, la de Monk. Gratis e incluida, sin suscripción. El bloqueo lo gestiona el propio iPhone, así que no depende de que haya nadie al otro lado.
«¿Y si no me sirve?»
30 días para devolverlo. Dinero de vuelta, sin explicaciones. Envío desde Valencia en 24-48 h.
Septiembre va a pasar igual con Monk que sin él. La diferencia es en qué punto estás el 1 de octubre.
Lo normal es dejarlo para el lunes que viene. Y el lunes que viene el mes ya va por la mitad, y a mitad de mes ya no se empieza nada: se aplaza a enero.
Cada semana que lo dejas es otra semana de días que se parecen entre sí. Eso también cuesta. Solo que se paga en lo único que no se repone.